14 agosto 2008

Perdón

Pablo había decidido refugiarse en el subsuelo del mundo, optó por sumergirse en lo más profundo de la miseria y desgarrar su existencia segundo a segundo. Los boleros de Daniel Santos se hundían en su pecho cada vez con más fuerza, desangrando en cada estrofa un poco más de dolor. Su habitación tomó un color opaco y sus cortinas se estremecían con el azote del viento. De otro lado, él aseveraba su desventurado final con lágrimas que rompían su existir al estallar contra el suelo. Un silencio intervino repentinamente sobre la escena, el febril disco no se dejó escuchar más, la luz de su computadora dejó de parpadear y el bolero infinito cesó su fatigante tormento. Dentro de su cuerpo, la agitada respiración de su ser colaboraba con el ambiente insano de aquellos minutos, no había ruido, pero sentía que la muerte se acercaba, la tensión se incrementaba más y más, volteaba la mirada a todos lados para hallar el lugar de donde provenía esa intranquila sensación o quizá el móvil de su expiración.

Un ruido fuerte proveniente de la sala lo sacó de su concentración, pensó que había llegado el momento, las manos le sudaban y la dureza de la noche lo dejaba inmóvil, no entendía el porqué de su inercia, no aguantó la tensión y abrió su cajón, sacó una mágnum calibre 41 y emprendió su viaje final. Caminó cuidadosamente por el pasillo observando cada sombra, para ver si entre ellas se escondía el ser al que debería dar muerte, el silencio impenetrable del recinto no dejaba dudas de la cautela que superponía a su nerviosismo.

Unos pasos apurados quisieron pasar desapercibidos a los oídos de Pablo, provenían del primer piso, mientras el viento soplaba levemente como si tampoco quisiera intervenir en aquel escenario, la oscuridad de los pasillos no ayudaban a distinguir la silueta de alguien o de algo. Los frenéticos ladridos del perro corroboraban su idea dejando claro que los ruidos escuchados no eran producto de su imaginación.

Se acercó a las escaleras de manera lenta tomando mayor atención a la escasa vista que tenía de la sala antes que los escalones. Los empezó a bajar uno a uno, sus pasos lentos y sutiles buscaban hacer el menor sonido, levantó el arma y apuntó recordando sus tiempos de actividad policíaca hacia donde creía escuchar un murmullo. Al fin llegó al primer piso y emprendió su camino hacia el comedor, podía sentir claramente cómo el sudor viajaba desde su frente y se colaba entre sus ojos. Esa gota parecía suspenderse en sus mejillas resistiéndose a caer, por un segundo se ocupó más de esto que de su situación real, pensaba cuánto ruido podría hacer esa gota de sudor al estrellarse contra el piso de madera, al mismo tiempo que observaba por las cortinas el jardín recién acabado de podar, y las luces de un carro que alumbraban ocasionalmente su visión.

Un sonido cóncavo proveniente de la cocina, lo sacó de su trance, algo cayó, una sartén, o un tazón, algo que no llegó a romperse, entonces supo que alguien andaba en ese lugar. No podría ser su hija, ni su esposa, no se encontraban, el mismo la había trasladado ¿Por qué diablos pensaba en eso? Había cosas más importantes que hacer, como averiguar quién estaba en su casa. Entonces se concentró en sus pasos, trataba de no hacer ruido, luchando por escuchar los movimientos del intruso, pero no podía concentrarse, la gota de sudor por fin cayó de su rostro y viajó oscilante sobre el aire, él siguió su recorrido, que parecía más lento ahora, demoraba mucho en llegar al piso y el brillo de su cuerpo intensificó su miedo a morir, escuchó una música en su cabeza, unos acordes tristes de una guitarra vieja, de un bolero antiguo, entonces comprendió la complejidad del momento, su vida podría acabar si ese intruso quisiera en ese momento, pero algo andaba mal, hace unos segundos que no escuchaba ningún sonido, todo era calma y tranquilidad, como si no hubiera nadie en la casa, salvo su cuerpo paranoico cogiendo un arma calibre 41, dispuesto a asesinar al mismo aire si éste lo amenazara.

Una sombra pasó por delante de él corriendo por entre la cocina con dirección al baño, disparó una vez y continuó su persecución detrás de aquello que le producía tanto temor, dobló por la puerta del baño observando y apuntando a todos lados, la música en su cerebro se intensificaba, tenia ganas de estallar el mismo como un proyectil salido de su revólver, escuchaba los pasos correr por su casa, pero no lograba encontrarlos, dio una vuelta sobre sí, sentía miles de ojos mirando su espalda, quería gritar y salir de su casa, y que al volver no haya nadie por quien preocuparse.

Los ladridos del perro intensificaban el temor, caminó de vuelta a la sala percatándose que no haya alguien escondido entre los sillones, se encontró con la puerta, trató de girar la perilla, pero recordó su esencia y armándose de valor decidió enfrentarse, giró la vista y divisó a lo lejos la figura robusta de un hombre, no distinguió sus rasgos, pero podía sentir cómo sus ojos eran vencidos por aquella mirada, intentó levantar el arma y apuntarle, pero había algo que se lo impedía, luchaba consigo mismo también, era tan pesada, que sus fuerzas se hacían nada al empuñar el revólver. El cuerpo frente a él, parecía no inmutarse, herméticamente permanecía quieto sobre su sombra. Pudo al fin levantar el arma y apuntarle, disparó de manera implacable sobre su amenaza, cuatro disparos secos retumbaron sobre la casa, apuntó perfectamente sobre el pecho, pero no hubo reacción de la otra parte, siguió disparando, pero el revólver giraba sobre la nada, se habían acabado las balas.

Pablo creyó haber acabado con él, pero la pasividad de sus movimientos se negaban a esa teoría, entonces corrió por las escaleras con el temor natural de quien será cazado, pasó de ser el cazador a convertirse en la presa, su carrera apurada y atolondrada lo hacían tropezar con todo aquello que estuviera delante de él. Al fin, no pudo más y resbaló con la alfombra del pasillo, volteó hacia la escalera y ahora era perseguido de manera lenta, sin embargo la tensión del momento le impedía moverse rápidamente, el intruso estaba cada vez más cerca, ahora se encontraba sólo a pocos metros, se recompuso como pudo, llegó al cuarto, cerró la puerta con seguro y raudamente buscó el cargador de su arma, mientras lo hacia trataba de recordar parte del aspecto de aquel sujeto, construyó como pudo su rostro imaginándose los detalles y la forma de su cuerpo, el cual no había logrado distinguir con precisión. Maldecía todo, ni siquiera sabía con quién diablos se enfrentaba, al fin logró ver el cargador al lado de las cajas de sedantes, observó detenidamente los frascos vacíos de antidepresivos mientras recargaba su arma, tomó las últimas pastillas que quedaban en la mesa y esperó su oportunidad.

Había hecho bastante bulla mientas cargaba su revolver, así que el hombre que se encontraba fuera de la habitación sabía exactamente donde estaba, comprendía también el temor de Pablo, trataba de asustarlo cada vez más, recordó el paso lento de su perseguidor en las escaleras y supo de antemano que jugaba con él. No había ruido en el pasillo, todo era más calmo y tranquilo, situación que producía un sentimiento diferente dentro de su ser. Observó las paredes de su recámara y distinguió los diplomas de reconocimiento a su labor policial, leyó detenidamente: Pablo Andrés Estrada Galván, por su labor dedicada a la seguridad ciudadana en la provincia de Camaná. Pudo ver también una foto familiar en la que su hija le abrazaba hasta casi ahorcarlo y su esposa esbozaba una sonrisa preciosa que llenaba el retrato de un especial brillo, de una increíble felicidad.

Pensó en salir sigilosamente de la habitación, pero decidió empujar la puerta y apuntar, ¿pero apuntar a qué?, no sabia dónde estaba aquel individuo, caminó sigilosamente por el pasillo hasta llegar al final de él, volteó a ver su recorrido y se escondió en un rincón, en el más oscuro del pasadizo y esperó ahí entre las sombras cualquier movimiento externo a su cuerpo. Sintió una mirada fuerte sobre sí y buscó con la vista de dónde provenía ese llamado, pero no encontraba indicio alguno de ella. Su mano temblaba y su nerviosismo lo hacía sudar de manera copiosa. El silencio de la casa se vio interrumpido por fuertes respiraciones, trató de calmarse para no llamar la atención, para no delatar su posición, pero entendió que la respiración fuerte y apurada no era de él, y el aire que agitaba su cabello era el mismo aliento que se colaba por su espalda. Tenía tras suyo a su captor, se sentía desfallecer, debía girar rápido y lanzar un golpe fuerte, así lo hizo, mientras volteaba divisó un perfil que se hizo familiar, ya lo había visto antes. Su mano golpeó algo que se rompió y estalló en pedazos, apuntó directamente frente a él, y pudo ver que su mano sangraba mucho, tenía varios cortes en ella, al levantar la mirada vio su rostro pálido y asustado, quebrado en un espejo, y escuchó una voz ronca llena de eco “te sorprende verme… porque a mí, sí”. No sabía de dónde provenía esa voz, una voz que él mismo no sabía si había producido, o quizá sí, no comprendía nada, no le había pegado a nadie, intentó ver mas allá de él, y no encontró nada, disparó por inercia toda su carga, pero no habían más heridos que él, no caía más sangre que la suya.

Caminó por la casa buscando alguna seña sin encontrar respuesta alguna en ella, sus pasos llenos de sangre marcaban sus miedos y sus dudas, estaba muerto de cansancio, exhausto de tanto pensar. Al fin optó por ir a la recámara de su hija y pensar en lo sucedido, se sentía más tranquilo, silbaba una tonada conocida, una canción de Daniel Santos. No recordaba el nombre, pero ya la había escuchado antes, hasta que sonó el teléfono, primero una timbrada y luego la otra, haciéndole perder el ritmo de su silbido, contestó.

-¿Hola?… Claudia no está, salió con Ángela esta mañana, no vendrán en un buen tiempo suegra, en un buen tiempo, fue de un momento a otro, ni yo mismo me lo esperé.

Con esa última frase colgó el teléfono, caminó hasta el closet y podía ver cómo algo se derramaba por debajo de él, algo viscoso, de un color muy parecido al líquido que goteaba de su brazo, abrió el armario y distinguió el rostro golpeado de su hija y el cuerpo inerte de su esposa. No se sorprendió esta vez, sólo atinó a llorar, recordó sus pastillas, sus traumas policiales, su manos sangrando como consecuencia de todo, su esposa acorralada por él cerca del baño, y el cuello de su hija marcándose con sus manos, una pared blanca marcada por el rojo cruel de sus golpes, pensó en sus antidepresivos otra vez y recordó que debió tomar su dosis nocturna, y se preguntó si es que acaso no lo había hecho ya, volvió sobre su mente y sus memorias entrecortadas en una sinfonía desquiciada empezaron a narrarle con imágenes lo sucedido, se acercó a los cuerpos de su esposa y de su hija y los besó, pero ahora por última vez, para cerrar débilmente el armario.

Caminó por la casa y empezó a silbar aquel bolero, el cual no recordaba el nombre, mientras lo hacía, trató de llevarlo a sus labios, forzó su lucidez y al fin pudo hacer suyo el título de esa canción… Con voz susurrante, dijo “perdón”.

3 comentarios:

Carmen Rosa dijo...

hOla Martín! que gusto saber que has publicado cosas nuevas, me encanta el blog, estaba esperando que cuelgues un nuevo post y aqui me tienes.
Excelente cuento, me encanta como manejas la tensión.
Un super beso. Nuevamente estás en el level

Jose Carlos Manzo dijo...

recien leo tu cuento. muy bacan, está para hacerle un guión de cine. jajaja. oe haber si un dia te animas a contar algo de las discotekas, jajaja ya no te acuerdas.

Alina Vega dijo...

Muy buen cuento, en sí el bloga está muy interesante, muy variado. aunque creo que alguien deberçi escribir sobre gastronomía peruana.
Saludos desde Connecticut- USA.