27 octubre 2008

¿Cuán molesto es movilizarse por las calles de Lima en un vehículo de transporte urbano?

Ni siquiera son las siete y media, pero Felipe empieza a correr para tomar el carro que lo llevará a su trabajo. Media hora de un duro padecimiento en una combi, media hora de incomodidades están a punto de empezar. La jungla está llena de seres que pugnan por entrar en el carro menos vacío y nuestro buen amigo se dispone a trepar en El Rápido.

7.30 a.m. Un nuevo día en la aburrida rutina de miles de limeños que se movilizan a tempranas horas hacia sus centros de labores. Un día más, mezclados entre el pavimento, los semáforos, la infernal congestión vehicular y los chóferes que hacen de Lima, una ciudad sin igual.

Los paraderos están abarrotados de gente que pugna por subirse a un vehículo de transporte público. Todos pasan llenos. Todos quieren llegar a su destino. Al subir a la combi ya se respira un aire de resignación, en el que no solo los empujones y los olores se entre mezclarán, sino que también acompañarán la calurosa mañana.

Al grito del cobrador "pisa, pisa", el ómnibus avanza. A pesar de su tamaño y la cantidad de pasajeros que lleva, lo hace a gran velocidad, adelantando a otras unidades de transporte más pequeñas. El cobrador, con su camisita celeste y su casaca azul y rojo, sube el volumen del radio, para no oír las quejas de los pasajeros que no quieren que sigan subiendo más personas al vehículo. "Está lleno", --exclaman Los pasajeros-- , "a dónde ya los vas a subir".

"Apéguense, por favor, al centro hay sitio... por favor señorita colabore, apéguese por favor". El cobrador, utilizando pésimamente el castellano, pide a los pasajeros que avancen ante los reclamos de estos por lo apretados que viajan. Un señor de bigotes, saco y corbata pide a una señora que viaja sentada abrir la ventana. "Me voy a despeinar", dice la señora frunciendo el ceño. A lo que varios pasajeros responden con cierto sarcasmo "entonces córtese el pelo, que nosotros queremos respirar". La señora finalmente, abre la ventana, y era mejor, pues los vidrios comenzaban a empañarse.

Cuánto se puede hacer para distraerse en una ómnibus que espera la luz verde. Rogar a Dios para quedarse dormido y despertarse justo una cuadra antes del paradero. Hacer cualquier otra cosa menos dejarse llevar por la música de emisora distorsionada.

Cuando subimos algún vehículo ya sea público o particular, no solo tenemos que cargar con el gran peso de nuestra tardanza, que es bastante, sino que también hay todo un paquete, el cual estamos invitados abrir. ¿Deseas jalar el lazo?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aunque ciertamente la cantidad incontable de desvíos que hay en todo la capital ayudan maravillosamente para que este caos aumente.

Miranda dijo...

porfin puedo entrar al blog. ayer la página no estab disponible. Bueno Martíncito, buen post. Me parec que hace tiempo debiste dedicarle un tiempo a los carros y los buses y los obnibus y todas esas huevadas que tanto joden