26 julio 2008

Mi viejo y yo


Cada vez que enferma estoy, mi viejo no me deja, no hay quien te cuide, me dice, ven arrúllate en mí, con voz grave, me habla, abrazándome. Cuando cierro los ojos, en medio de mi malestar y cansancio, lo veo. Sí, es él, con su pantalón marrón y su camisa color chocolate que combina en perfecta armonía con su mirada franca color café. Es tu imaginación, me dicen mis nietos, murmurando mi locura. Yo no sé, sólo que esos instantes se conviertan en todo una vida. A veces no quisiera volver a ver el nuevo día si en éste no va a estar él.

¡Déjenme!, les digo. Para mí es real, no necesito otra realidad más que mis recuerdos y conversaciones nocturnas con ese ser que hizo de mis días las nupcias más felices y aunque me coman las lombrices, mi máximo anhelo es estar con él, pero no un encuentro de “telo”, sino, por la eternidad. Por eso pido a Dios, piedad, y me permita abandonar este cansado cuerpo, pues prefiero que quede muerto antes de vivir en triste nostalgia. Ven viejo, ven, aún huelo tu fragancia y mi espíritu rejuvenece, ya la vida me ha cobrado con creces los sentimientos que no entregué, uno a uno los pagué, aunque me arrepiento por haberlos guardado. Por eso, nietos míos, un consejo les he dado, cuando llegue la gracia de un ser amado, desnuden su corazón sin perder un segundo, pues el tiempo de vida en este mundo. No es suficiente para el amor corresponder, siendo el máximo placer, haber amado sin medida, aunque mi oportunidad está perdida, pues ya no lo tengo a mi lado. Sólo espero que mi viejo amado esté esperando por mí, aunque por las veces que su corazón rompí, no merezco tal agrado, pero hoy juro, por lo más sagrado, que siempre le amé.

“¡Abuela, despierta!” Escucho varias voces- , “ya no lloras, ya no toces”, dice el más pequeño, voy al encuentro de un eterno sueño que hace tanto tiempo he esperado. Viejo, eres tú, “sí, mi amor”, me susurra. “Ven arrúllate a mi lado”, gritos y llantos escucho a mi costado, no saben que mi partida es feliz, pues no había ningún aprendiz que a esta vieja cuide tanto. Es inútil ahora el quebranto, como inútil fueron mis lamentaciones al perder a ese hombre santo y después de treinta años de muerte lenta volveré a ser feliz. A pesar de mis ochenta, mi espíritu sigue enamorado, fue algo que aprendí en el pasado, aunque mi maestro injustamente jamás cosechó, hoy la eternidad nos espera, pues sólo Dios sabe cuánto nos amamos mi viejo y yo.

¡Abuela, abuela!

P.D. ya no veo, ya no escucho, ya no siento, ya no sufro, ya soy feliz.

1 comentarios:

mery dijo...

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