08 septiembre 2008

“Dios bendiga el trabajo, aunque este no sea el que yo quiera”

“No hay trabajo malo, lo malo es tener que trabajar”, reza un sabio proverbio Donramonesco. Sin duda esta es una exageración. Pero algo si es cierto: Laborar a estas alturas del partido es una bendición, aunque sea en una chamba para la cual no hemos estudiado. Es decir, pedir que nos guste el trabajo en donde estamos es casi como rogar por un vaso de agua en el desierto del Sahara, y encima quejarnos por que no nos traen con hielo.

Otros me dirán, “¿O sea que quieres todo perfecto?”, “¿nada te complace?”, “A nosotros nos la sacan la muela sin anestesia y a ti se te pica un diente y haces un escándalo”.

Por otro lado, está la figura del suertudo, del ganador de la Tinka, el afortunado que trabaja desempeñando una labor para la cual se preparó en la universidad, y que encima le encanta hacerlo. Señores debo confesarlo, soy uno de esos pocos afortunados, pero no me odien. No todo es color de rosa en mi vida, a veces me quedo misio, pese a que no recibo un mal salario (Merced a mi compulsiva adicción a las compras y al buen vivir), tengo problemas, también me agripo y me estriño. En resumen, un tipo común y silvestre.

Sin embargo, he tenido trabajos duros, jodidos y hasta apestosos. Mi experiencia laboral empezó a los 17 años, cuando aún sin DNI, un tío mío me propuso ganarme la vida en una empresa textil. Mi puesto era el de asistente en el departamento de auditoria interna, y aunque en ese tiempo de contabilidad supiera solo que empieza a escribirse son C, ya estaba dentro de Pacifico S.A.


No obstante, mi actividad era la de un inventariador, deambulaba entre almacén y almacén, midiendo telas y colocando etiquetas con los datos necesarios. Era un trabajo interesante, que exigía una demanda física impresionante, tenía que cargar y trasladar los pesados fardos y entregar un informe impecable.

Se entiende impecable por pulcro, limpio y ordenado. Algo difícil de lograr dadas las condiciones en que nos desenvolvíamos. Los ambientes como podrán suponer eran totalmente polvorientos, sucios e infectado de miles de animales. Lo bueno aparte del sueldo (S/. 800), que para un joven de 17 años era impresionante, pues me permitía empezar a pagar la universidad privada que mis padres no querían solventar, era la distracción y la experiencia conocí a unos extraordinarios amigos, que hoy difícilmente puedo ver porque francamente les perdí el rastro.

Además, fue curioso cómo empecé. Un lunes de febrero, después de no haber ingresado a la Villarreal, mi tío me llamó por teléfono a las 8 de la mañana y me dijo que en media hora me recogería. Yo no tenía ni coño de idea de a dónde iríamos. Me vestí bastante correcto, sin presagiar adonde llegaríamos.

Entramos a una fábrica textil, era inmensa, nunca había ingresado a una empresa. Para instruirlos, mi tío era el gerente de auditoria interna, entramos a su oficina y mientras lo esperaba podía ver por la ventana todo el movimiento que se realizaba en el lugar, la gente entraba y salía, empleados y obreros, camiones con mercadería, etc.

Yo ignoraba qué mierda estaba haciendo ahí, pensé que solo lo acompañaría a ver unos asuntos y luego no iríamos a otro lugar. Me dijo que lo escolte a uno de los almacenes y me presentó a mis tres primeros e increíbles compañeros de trabajo. Mario, era el mayor tenía 40 años según pude observar era el responsable del grupo de inventario, y aunque después pude darme cuenta que a pocos le caía bien, a mi me pareció una persona responsable. Lucho debería tener 34 y era un cage de risa, al igual que Mario coincidentemente era piurano, y como tal tenía un forma muy particular de hablar y finalmente Roger que era el menor de los 3, debería tener 26 años, después pude enterarme que era medio mariscal (Cabrito, chivo).


Me recibieron muy bien, o acaso desconfiados de mi presencia. En ese momento mi tío me presentó como el nuevo trabajador y compañero de los tres tipos que tenia en frente. Por cierto también yo me enteraba de esa noticia, era mi primer trabajo y no sabía ni mierda de nada, no sabía qué hacer y qué no hacer. Mi ropa se hizo mierda desde un principio pues era un trabajo como ya dije, de campo, de sacarse la puta madre, ensuciándose por todos lados.

Ahí aprendí lo que en verdad eran los puñales en la chamba, todos hablaban mal de todos, y luego se tomaban sus chelas como si no pasara nada. Es decir un trabajo como cualquiera, aunque en ese momento debo reconocerlo no entendía nada.

2 comentarios:

Raúl Alarcón dijo...

No me gusta la forma en que planteas el tema creo que exageras con los ejemplos.
hay que ser realista con el país

Martín Acosta González dijo...

Estimado Raúl:
No creo exagerar con lo que digo, es más trato de plantear la realidad tal y como es solo que tomándole el pelo a esta.
Seguramente debe de haber un mal entendido, entre lo que entendiste y lo que quise dar a conocer

Gracias por comentar. Saludos